El arte de conversar en la mesa

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Las relaciones interpersonales se fundamentan en una buena conversación. Y uno de los momentos del día que propician este intercambio cortés y ameno es la hora a la que nos sentamos a comer. En familia, con compañeros de trabajo, amigos o clientes, las comidas no son sólo una forma de alimentar el cuerpo sino también el alma.

Los requisitos básicos para el éxito de una conversación o una buena sobremesa son los siguientes:

• Evitar elementos externos que interfieran en la conversación: televisor, radio, ruido ambiental y, por supuesto, teléfonos móviles.
• Procurar hablar con los distintos compañeros de mesa y no centrar la conversación en uno solo. Aunque en nuestra cultura es frecuente que en una mesa se desarrollen varias conversaciones a la vez y entrecruzadas, no es la mejor forma de conseguir una tertulia agradable.
• Decía Dale Carnegie que “usted puede hacer más amigos en dos meses interesándose en los demás que los que haría en dos años intentando conseguir que los demás se interesaran por usted”. Desde luego, a todos nos gusta ser el centro de atención y que nos demuestren lo importantes que somos para los demás. Entonces, la primera norma del buen conversador es interesarse por temas que gustan o afectan al otro, con discreción y, sobre todo, escuchando muy atentamente.
• Además, tiene que ser una aportación equilibrada por las dos partes. De lo contrario, se convierte en un monólogo. Uno habla y el otro come: normalmente el que acapara la conversación no se da cuenta de lo aburrido que resulta para el interlocutor.
• Los temas pueden ser muy diversos: de lo más cotidiano a lo más trascendente. Pero no olvidemos que hay unos temas nada adecuados para compartir alrededor de una mesa: enfermedades, política, religión y sexo, entre otros.
• Combinar palabras interesantes con bocados limpios, no siempre resulta fácil. Recordemos que tenemos que “hablar con la boca vacía” y “comer con la boca cerrada”. Sólo así garantizamos el bienestar de nuestros interlocutores y preservamos nuestra buena imagen. Nada es más desagradable que ver los efectos de la trituración en la boca de otro. Aparte de lo incómodo que resulta recibir salpicaduras de todo tipo que salen sin control de la boca del compañero hablador.
• Por otro lado, aunque el vino y otros alcoholes, favorecen en principio una conversación más ágil, amena y divertida, pueden llegar a ser la causa de un final poco feliz, donde sube el tono de voz paralelamente al de los chistes que se cuentan.
Por lo tanto, nuestro consejo es que aprovechemos todas las ocasiones, cotidianas y de carácter excepcional, para practicar el noble arte de la conversación, obteniendo los beneficios de una amena comunicación interpersonal para estrechar lazos familiares, profesionales o sociales.

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