Una estudiante de enfermería está sentada en una habitación a oscuras, mirando esa clase de película que se considera digna de una pesadilla. En la pantalla se ve un ser humano que tiene la cara y el cuerpo horriblemente quemados mientras soporta el agónico dolor ocasionado cuando le arrancan diferentes capas de piel.
La chica no está sola durante el experimento. Hay otra mujer encargada de entrevistarla, que está sentada en el otro extremo de la habitación, enfrentando una pared blanca. Ha sido ubicada en ese lugar pues desde allí no puede ver ni a la estudiante, ni a la pantalla.

El dramático filme continúa y la chica se revuelve en el asiento, mientras los segundos transcurren lentamente y en silencio. Luego, por fin aparece un subtítulo en la pantalla: las instrucciones. Debe describir la película, falseando la verdad, como si hubiera estado viendo flores, o niños jugando en un parque. Se oye el ruido de roces de ropa, una silla que se corre y finalmente la mujer que la entrevista, respondiendo a una señal, se da vuelta y enfrenta a la estudiante. La chica finge una sonrisa valiente y comienza: “Debe ser primavera; nunca he visto tantas flores hermosas”.

Este ingenioso experimento fue ideado por Paul Ekman, joven, dinámico, muy conocido, y probablemente el más importante en el campo de la comunicación no-verbal. Su centro de investigaciones está ubicado en el Instituto Langley Porter de San Francisco, en una antigua casona de ladrillos, de altos cielos rasos, de revestimientos de roble y de largas escaleras de madera. La atmósfera es confortable; hay aproximadamente veinte investigadores en mangas de camisa; el equipo que utilizan es formidable. Otros científicos se refieren casi con veneración a la computadora, combinada con video tape que posee Ekman. Fue diseñada por él mismo y sus colaboradores que sólo tienen que hacerle una consulta —solicitar por ejemplo todo material archivado acerca de gestos de la mano hacia la boca— y en cuestión de segundos éstos aparecen en la pantalla de televisión. Se puede pasar las imágenes más lentamente o detenerlas a voluntad, para estudiarlas en detalle.

El interés de Ekman por la comunicación se remonta a 1953, cuando empezó a buscar una forma de evaluar lo que sucede durante una sesión de terapia de grupo. Se convenció de que lo que se dice durante ella no proporciona ninguna respuesta real, así que comenzó a investigar el comportamiento no-verbal. Desde hace siete años, Wallace Friesen ha estado colaborando con él en todos sus proyectos. A pesar de que han analizado juntos todos los movimientos corporales, se han concentrado especialmente en el rostro.

El propósito que lo llevó a este experimento filmado fue tratar de aprender algo acerca del engaño. Cuando una persona miente, ¿cuáles son en su expresión los detalles mínimos que la delatan? La estudiante de enfermería fue filmada mientras hablaba sobre la película. Había hecho dos sesiones previas en el laboratorio, durante las que le habían mostrado películas bastante inocuas y hasta alegres y se le dijo que las describiera tal como las veía. De esta manera, podrían comparar los movimientos de su cuerpo en ambas sesiones; en la que dijo la verdad y en la que se le pidió lo contrario, para ver si de alguna manera demostraba que estaba mintiendo.

Todas las personas seleccionadas por Ekman para este experimento eran estudiantes de enfermería porque, según él dice “no es la clase de espectáculo que me gusta mostrar a cualquier persona, excepto a alguien que debe acostumbrarse a este tipo de cosas”. La mayoría de las futuras enfermeras mentían apasionadamente porque intentaban no reaccionar visiblemente ante la mutilación física. Los resultados, sin embargo, demostraron que podían catalogarse en tres categorías: algunas eran extremadamente hábiles para fingir. Al principio, el cuidadoso análisis de su comportamiento no dio ninguna clave que indicara que estaban mintiendo. Otras, aparentemente incapaces de mentir, claudicaban rápidamente durante la sesión y decían la verdad. Otras, en cambio, mentían pero no del todo bien. Una pista fueron los gestos. Realizaron menos de los que habitualmente acompañan una conversación: marcar el compás, dibujando figuras en el aire, señalar, dar ideas de dirección o tamaño. En cambio, la mayoría de los movimientos que hicieron tendían a ser nerviosos o sobresaltados: se pasaban la lengua por los labios, se frotaban los ojos, se rascaban, etcétera.

Un análisis preliminar de las expresiones de las chicas sugirió que las claves se hallaban al comenzar, al terminar y durante la sesión. En otras palabras, la mayoría de las personas sabe fingir una expresión alegre, triste o enojada, pero lo que no sabe es cómo hacerla surgir súbitamente, cuánto tiempo mantenerla, o en qué instante hacerla desaparecer. Lo que los novelistas llaman una “sonrisa estereotipada” es un excelente ejemplo de esto.

El hombre es capaz de controlar su rostro y utilizarlo para transmitir mensajes. Deja trasuntar su carácter puesto que las expresiones habituales suelen dejar huellas. El rostro como transmisor de emociones ha interesado a los psicólogos. Con el correr de los años, su interés se ha volcado fundamentalmente en dos aspectos: ¿Trasmite el rostro emociones? Y si es así, ¿el género humano envía y comprende universalmente este tipo de mensajes? En su reciente libro, Emotion in the Human Face, Paul Ekman examina los experimentos realizados sobre el rostro en los últimos cincuenta años, y concluye que, reanalizados y tomados en conjunto, prueban que las expresiones faciales son un índice confiable de ciertas emociones básicas. Para el lego, esto puede parecer como trabajar sobre lo obvio; pero para Ekman es un punto de comprobación muy importante, puesto que gran parte de su trabajo actual está basado en la creencia de que existe una especie de vocabulario facial.

Más de mil expresiones faciales diferentes son anatómicamente posibles. Los músculos de la cara son extremadamente sensibles y en teoría una persona podría demostrar todas las expresiones en sólo dos horas.
Sólo unas pocas, sin embargo, poseen un sentido real e inequívoco y Ekman considera que esas pocas se ven en toda su intensidad en la cocina, en el dormitorio o en el baño, puesto que la etiqueta exige que sean controladas en casi todas las circunstancias. (Deténgase a buscar la diferencia entre un verdadero rugido de furia, una exagerada expresión que muestra todos los dientes y que se ve sólo en momentos de emoción extrema, y el controlado gruñido y la boca tensa que son más comunes.)

El problema de Ekman consistió en encontrar un método eficiente de codificar las expresiones. Eventualmente, mientras trabajaba con Wallace Friesen y el psicólogo Silvan Tomkins, encontró una solución ingeniosa. Una especie de atlas del rostro llamado FAST (Facial Affect Scoring Technique). FAST cataloga las expresiones faciales usando fotografías en vez de descripciones verbales, dividiendo el rostro en tres áreas: la frente y las cejas; los ojos; y el resto de la cara: nariz, mejilla, boca y mentón. Para la emoción de “la sorpresa”, FAST ofrece fotografías de frentes fruncidas por encima de las cejas arqueadas; de ojos muy abiertos, y de bocas abiertas en distintos grados en el “oh” de la sorpresa. El que quiera catalogar una expresión facial, podrá comparar el rostro que le interese, área por área, con las fotografías de FAST. No son necesarias las explicaciones escritas.

Ekman está empleando ahora el FAST en una especie de entrenamiento de sensibilidad visual. El objetivo es enseñar a diferentes personas —vendedores, abogados o cualquiera que tenga interés— para que logren reconocer las expresiones faciales en la conversación cotidiana. Ekman comienza enseñando las expresiones básicas; luego las mezcla de manera que mientras un área del rostro denota una emoción, las otras presentan emociones distintas. (Por ejemplo, unos ojos y cejas enojados sobre una boca sonriente.) El mismo efecto se produce cuando las diferentes expresiones se suceden rápidamente. Se producen las mezclas cuando ambas emociones son simultáneas o cuando la costumbre las liga entre sí. Para un hombre, la ira puede estar íntimamente ligada al temor si su propia ira lo asusta; para otro, el temor puede estar ligado a la vergüenza.

Ekman entrena a sus alumnos para que identifiquen las diferentes expresiones, que son fáciles de confundir, como ser la ira o el disgusto, el dolor y la sorpresa, y reconocer las emociones que se han tratado de disimular. La piéce de résistance, sin embargo, es la que enseña a distinguir una expresión honesta de otra que no lo es. Para el entrenamiento se emplean muchas imágenes, tanto en video tape como en fotografías. Luego se les toma una prueba en video tape del experimento del engaño a los que se entrenaron. Al mostrarles las fotografías donde aparecen exclusivamente las cabezas de las enfermeras, por lo general pueden distinguir por su expresión facial cuándo las chicas mienten o cuándo dicen la verdad. Las personas no entrenadas, por lo general, no notan ninguna diferencia.

Es probable que el FAST resulte un instrumento de inmenso valor para los psicólogos que estudian las emociones. Es difícil estar seguro de lo que siente otro ser humano en un momento dado. Se le puede preguntar, pero puede negarse a contestar; puede mentir o tal vez ni siquiera saber qué es lo que siente. En el laboratorio un investigador puede medir el ritmo cardíaco o respiratorio de una persona mediante el sistema GSR (Galvanic Skin Response), pero si bien estos datos indican la presencia de emociones, no logran diferenciar unas de otras.

Algunas veces el investigador puede considerar la situación en que se encuentra el paciente, y tratar de adivinar cuál es su verdadera emoción, pero los abismos son obvios.
Antes de que los científicos puedan considerar al FAST como un método seguro, deberá comprobarse que es realmente confiable. Una de las preguntas que podríamos formular es si todas las personas entrenadas en su utilización extraen las mismas conclusiones sobre lo que ven. Los experimentos de Ekman han demostrado que es así. La próxima pregunta es más difícil de contestar. ¿Puede el FAST realmente medir la intensidad del sentimiento de una persona? La dificultad reside, como ya lo hemos mencionado anteriormente, en la imposibilidad de saber con certeza cuáles son los sentimientos de un individuo, puesto que no podemos basarnos exclusivamente en lo que nos dice. El interrogante sobre las expresiones universales ha preocupado a los investigadores de las expresiones faciales; y durante años, ha habido una polémica entre Paul Ekman y Ray Birdwhistell. Ekman considera que ha probado a través de estudios comparativos entre diferentes culturas, que efectivamente existen gestos universales: los hombres de todo el mundo se ríen cuando están alegres o quieren parecerlo, y fruncen el ceño cuando están enojados o pretenden estarlo. Como ya he dicho, Birdwhistell sostiene que algunas expresiones anatómicas son similares en todos los hombres, pero el significado que se les da difiere según las culturas. Sin embargo, ésta es una opinión minoritaria. (La mayoría de los científicos considera que por lo menos algunas expresiones son universales.)

La prueba más citada por aquellos que creen en las expresiones universales es el estudio realizado en niños ciegos de nacimiento. Se ha observado que todos los bebés realizan una especie de sonrisa a partir de las cinco semanas, aun los ciegos, que de ninguna manera pueden imitar a las personas que los rodean. Los niños ciegos de nacimiento también ríen, lloran, fruncen el ceño y adoptan expresiones típicas de ira, temor o tristeza.

La evidencia de Ekman, por el contrario, se basa en un estudio comparativo entre diferentes culturas que realizó con Friesen. Utilizando fotografías de rostros cuidadosamente seleccionados que muestran claramente las expresiones básicas —alegría, sorpresa, furia, tristeza, desprecio, disgusto o contento—, pidió a personas oriundas de Norteamérica, Brasil, Japón, Nueva Guinea y Borneo que identificaran las distintas expresiones, y la mayoría de ellas lo logró sin diferencias apreciables. Incluso tuvo éxito con la tribu neolítica Fore de Nueva Guinea, que ha estado aislada del resto del mundo hasta hace tan sólo doce años. Mientras Ekman realizaba sus estudios en las selvas del Pacífico Sur y en universidades norteamericanas, otro psicólogo, Carrol Izard, investigaba entre diez culturas alfabetizadas logrando el mismo resultado positivo.
Ekman, sin embargo, no pretende que la sonrisa de un Fore es un gesto invariable de placer. (En todas las culturas existen lo que él denomina “reglas demostrativas”, que definen cuáles son las expresiones apropiadas a cada situación. Estas reglas pueden exigir que una expresión sea disimulada, exagerada, ocultada o tal vez suprimida por completo. Y cada cultura cuenta además, no solamente con sus propias reglas, sino con sus propios estilos faciales, Los italianos, cuyo comportamiento facial es extremadamente volátil y expresivo, suelen encontrar difícil de sondear el rostro parco de los ingleses.)

Las reglas demostrativas fueron comprobadas con claridad en un experimento realizado recientemente por Ekman en Norteamérica y en el Japón, donde la etiqueta exige una sonrisa en casi todas las situaciones. El entorno elegido por Ekman era idéntico en ambos lados del Pacífico. Los individuos seleccionados estaban sentados a solas en una habitación para observar una película del tipo de la que se les mostró a las aspirantes a enfermeras, sólo que algo menos impresionante. Mientras la observaban, fueron filmados y grabados sin tener idea de que esto estuviera sucediendo. Luego penetró en la habitación un hombre para entrevistarlos, japonés en el caso del Japón y norteamericano en el otro. Se solicitó a cada una de las personas que describiera lo que había visto. Mientras observaban la película, japoneses y norteamericanos habían mostrado las mismas reacciones faciales, moviendo los mismos músculos faciales en iguales situaciones. Durante la entrevista los norteamericanos continuaron reaccionando visiblemente, recorriendo toda la gama de expresiones de sorpresa y de desagrado; en cambio los japoneses describieron lo que habían visto con una amable sonrisa en el rostro. De tanto en tanto, cuando miraban hacia otro lado tratando de organizar sus ideas, se notaba un relampagueo fugaz de emoción, de desagrado o de enojo, que solamente podía captarse al pasar la película en cámara lenta.

El concepto de Ekman acerca de las reglas demostrativas y la admisión por parte de Birdwhistell de que desde el punto de vista anatómico existen realmente expresiones universales, parecen aproximar ambos polos de esta polémica, a pesar de que los puntos de vista y los métodos de investigación empleados son muy diferentes. Lo que para Birdwshistell es una evidencia, para Ekman es meramente anecdótico. Por su parte, Birdwhistell considera que los experimentos realizados en laboratorios son a menudo artificiales, planeados y no guardan relación con la vida real.

La pregunta lógica que surge es: ¿si verdaderamente hay expresiones faciales universales para el género humano, cómo se desarrollaron? Charles Darwin comenzó la investigación en 1872 con su libro The Expresión of the Emotions in Man and
Animáis. Comparó las expresiones faciales de un determinado número de mamíferos, incluido el hombre, y sugirió que todas las expresiones humanas primarias podían remontarse hasta algún acto funcional primitivo. El gruñido de furia, por ejemplo, puede provenir del acto de enseñar los dientes antes de morder.

La evolución de la sonrisa es más difícil de explicar y se ha aventurado una serie de teorías diferentes. Richard Andrew, por ejemplo, parte del hecho de que algunos primates, al verse amenazados, emiten un agudo grito de protesta, ruido característico producido con los labios estirados hacia atrás, en lo que parece una sonrisa. Los monos Rhesus hacen también esto y algunas veces emplean esa mueca defensiva-amenazante pero sin molestarse siquiera en emitir sonido alguno. El hombre suele emplear una sonrisa defensiva como gesto de pacificación. Pensemos en el invitado que sonríe avergonzado cuando llega tarde a una cena. Por más débil que parezca su sonrisa es un importante paragolpes que amortigua la agresión, ya que la sonrisa constituye un medio de comunicación sutil, pero vital entre los seres humanos. Existen diferentes historias de guerra que narran cómo un soldado preparado para el combate, al sorprender al enemigo, fue literalmente desarmado por éste con una sonrisa o el ofrecimiento de algo para comer.

La sonrisa de verdadero placer es más difícil de explicar que la sonrisa defensiva, pero Andrew sugiere que puede provenir de la mueca que efectúan automáticamente muchos mamíferos, incluso el hombre, cuando se sobresaltan. Aquella mueca de sorpresa podría haber evolucionado hasta transformarse en una amplia sonrisa de placer; el humor de los adultos depende del factor sorpresa.

En 1966, dos psicólogos, Ernest Haggard y Kenneth Isaacs informaron que mientras pasaban en cámara lenta películas de psicoterapia, habían notado expresiones en el rostro de los pacientes que aparecían por un instante para volver a desaparecer inmediatamente en una fracción de segundo. Las expresiones no eran visibles al pasar la película a velocidad normal; al pasarla nuevamente en cámara lenta, a más o menos un sexto de la velocidad normal, podían ser detectadas en la mayoría de la gente. Estudios posteriores revelaron que estas fugaces expresiones eran reveladoras. Se notó que generalmente ocurrían en pacientes con conflictos. “Yo no estaba enojado”, diría al mismo tiempo que se lo veía momentáneamente muy molesto. Por lo general las personas no tenían escapatoria al enfrentar las expresiones faciales que las ponían al descubierto. Mientras que un paciente comentaba cuánto apreciaba a otra persona, su expresión solía pasar vertiginosamente del placer a la ira y nuevamente al placer. Haggard e Isaacs sugirieron que estas expresiones, que denominaron “micromentarias” o “micros”, no constituyen de por sí mensajes, conscientes o inconscientes sino que son filtraciones de sentimientos verdaderos. En realidad, pueden servir como una válvula de escape que permite a una persona expresar, aunque sea muy brevemente, sus impulsos o sentimientos considerados inaceptables.

Aparentemente, los micros no son necesariamente invisibles. Desde 1890 numerosos experimentos sobre percepción subliminal han demostrado que con frecuencia vemos mucho más de lo que creemos ver. Muchas personas recuerdan el revuelo producido en torno a la persuasión subliminal en el año 50. Un investigador de mercado, norteamericano, aseguraba haber aumentado las ventas de Coca-Cola y de maíz tostado proyectando en un cinematógrafo repetidamente sendos carteles que rezaban “Tome Coca-Cola” o “Coma maíz tostado” mientras pasaban la película.

Los avisos se pasaban sólo por espacio de un tres milésimo de segundo; en realidad eran prácticamente invisibles. Cuando el experimento tomó estado público, muchos norteamericanos protestaron y se preocuparon por el peligro que significaba la persuasión subliminal Las implicancias políticas eran aterradoras. Sin embargo, otros experimentos han indicado que ésta no es la forma más eficiente de convencimiento subconsciente. El límite entre lo visible y lo subconsciente varía entre una persona y otra y en cada individuo según las diferentes situaciones. Un mensaje que se irradia el tiempo suficiente para ser captado en forma subconsciente por la mayoría de la audiencia, probablemente será visto claramente y de manera consciente sólo por algunas personas.

Estas diferencias individuales en la percepción fueron claramente demostradas en un experimento realizado por Paul Ekman. En éste, su primer ensayo sobre investigación de expresiones micromentarias, exhibió una película a un grupo de estudiantes universitarios y de enfermeras que incluía varios micros. Los estudiantes no lograron captar los micros cuando la película fue proyectada a velocidad normal, pero sí cuando se la pasó en cámara lenta.

En cambio las enfermeras, que tenían aproximadamente diez años de experiencia, descubrieron los micros durante la proyección a velocidad normal.

Al partir de esta base, Ekman comenzó a estudiar los micros mediante un taquitoscopio, aparato que puede reproducir fotografías sobre una pantalla a velocidades que llegan a un centésimo de segundo. Cuando pasaba sus fotografías de rostros a velocidad máxima, las personas insistían en que no veían absolutamente nada.
El experimento con el taquitoscopio es mi juego de magia preferido, dice el doctor Ekman. Usted se lo muestra a una persona y ella pensará que está mirando una pantalla en blanco. Entonces hará lo que ella insiste que son conjeturas y luego usted le explica. “Ahora le probaré que la mayor parte de lo que dijo era acertado”. Lee sus primeras diez respuestas y ella quedará asombrada.

Todos poseemos un aparato de percepción capaz de descifrar rostros a una velocidad de un centésimo segundo, lo que ofrece un interrogante de especial interés: ¿por qué no lo empleamos? Yo pienso que sistemáticamente le enseñamos a la gente desde su infancia a no prestar atención a las expresiones faciales mínimas, porque son demasiado reveladoras.

Obviamente, esta enseñanza se efectúa de manera subconsciente. En cierta forma, el taquitoscopio representa la imagen bastante real de un rostro, puesto que las expresiones faciales pueden variar en sólo medio o un cuarto de segundo, y siempre están relacionadas con las expresiones que las preceden y las que les siguen, acompañadas además de una serie de palabras y de movimientos corporales que distraen la atención. El ojo humano tiene que ser muy veloz para captarlas, y un rostro proyectado por el taquitoscopio es quizás más cercano a lo que se nos presenta en la vida real que las fotografías que podemos estudiar con tiempo.
En el transcurso de sus experimentos con el taquitoscopio el doctor Ekman descubrió un fenómeno muy interesante. Aproximadamente la mitad de las personas entrevistadas perdían continuamente una emoción. Cada individuo parecía tener un punto débil particular. Lograba captar casi todo correctamente pero pasaba por alto las imágenes de rostros que demostraban ira o desagrado. Siempre se trataba de una expresión desagradable; ninguno pareció pasar por alto la alegría. Obviamente, había un mecanismo de bloqueo subconsciente, y parecía estar relacionado con la personalidad del individuo y con el humor en que se hallaba en ese momento.

Ekman investigó este bloqueo en mayor profundidad en otro estudio preliminar en que examinó a treinta individuos mediante el taquitoscopio, y luego les brindó la oportunidad de relajarse tomando un trago y fumando un cigarrillo. Diez de ellos tenían una proporción mucho mayor de alcohol en su bebida; otros diez fumaron cigarrillos de tabaco mezclado con marihuana; y el resto tomó bebida sin alcohol y fumó cigarrillos comunes, un doble efecto de placebo. Cuando todos los individuos volvieron a ser sometidos a la prueba del taquitoscopio, el último grupo reaccionó en forma similar a la inicial. El grupo alcohólico tuvo mayor dificultad para reconocer todas las emociones, excepto la de desagrado, y en ésta, parecían ahora mucho más precisos. Pero lo que más interesó a Ekman fue la reacción del grupo que había fumado marihuana, ya que es creencia popular que su uso acrecienta notablemente la sensibilidad. En realidad, el grupo se comportó notablemente peor en el reconocimiento de la tristeza, del temor y de la ira. Ekman recalca que éste fue un estudio preliminar. No estaba investigando los diferentes estados de ánimo —tanto la marihuana como el alcohol producen efectos totalmente diferentes según las circunstancias—, así que trató de intensificar el estudio de las reacciones.

La mayoría de los investigadores dedicados al estudio de la comunicación no-verbal que conocí, consideran que realizan trabajos científicos básicos y creen que aún falta mucho tiempo para que se pueda dar una aplicación práctica a su trabajo. Sin embargo, Paul Ekman piensa que los estudios de la comunicación no-verbal serán un “campo muy candente” durante unos años, hasta que se logre develar los interrogantes fundamentales. En cuanto a su aplicación práctica, predice que se emplearán en muchos estudios psicológicos sobre la emoción, utilizando como parámetro la expresión facial.

Ekman considera asimismo que no habrá grandes progresos relacionados con la psicoterapia, puesto que los terapeutas ya están empleando los conocimientos existentes sobre la comunicación; piensa además que surgirá una tremenda explotación comercial.
Puedo prever la aparición de institutos dedicados a entrenar vendedores y aspirantes a diferentes puestos. También creo que se empleará la observación de las expresiones faciales durante las entrevistas de personal. Pienso que la medida de las expresiones se utilizarán para probar la reacción ante distintas propagandas comerciales; ya he sido abordado a ese respecto. No he aceptado. Creo que veremos un creciente entrenamiento del comportamiento facial de los empleados en todo el mundo de los negocios. Considero que es posible enseñar
a las personas para que aprendan a engañar mejor. Algunas de estas predicciones no son muy halagüeñas, pero cuando así se lo comenté, Ekman me dijo que en cuanto la comunicación no-verbal pase a ser parte del conocimiento popular, comenzará a cambiar. En cuanto se publiquen estudios que describan las formas en que la gente disimula que está fingiendo, esas maneras comenzarán a desaparecer para dejar lugar a otras. Esto presenta un nuevo problema para los investigadores de ciencias sociales. Sus estudios sobre el comportamiento pueden precipitar cambios de conducta que a su vez quitarán validez a sus investigaciones anteriores.

La idea de que exista una persona para entrevistar al personal que esté entrenada para registrar expresiones faciales, es algo escalofriante y nos recuerda el 1984 de George Orwell, donde un hombre cometió un “crimen facial” cuando su rostro dejó traslucir que estaba imaginando pensamientos prohibidos. Al explicar a la gente que los movimientos corporales producen una comunicación, ésta se siente desamparada, expuesta y al descubierto aun en completo silencio; después de todo, uno puede negarse a hablar, pero es difícil permanecer inmóvil y sin tensar un solo músculo. Freud escribió: “Aquel que tenga ojos para ver y oídos para escuchar, podrá convencerse de que ningún mortal puede guardar un secreto. Si sus labios mantienen silencio, conversará a través de las puntas de sus dedos; la traición brotará de todos sus poros. Una vez oí que un hombre le dijo a una mujer: ¿Te has dado cuenta de que acabas de cruzar las piernas y los brazos al mismo tiempo? Obviamente te has puesto a la defensiva”. Ésta es una irrupción en la intimidad, tan incorrecta como leer o discutir la correspondencia ajena.

Mucha gente se sentirá menos feliz ante la perspectiva de vivir en un mundo en el que algunas personas aprenden a leer el rostro, y otras a mentir con la expresión facial. Sin embargo, este proceso cultural, que es una especie de “diente por diente”, es probablemente tan antiguo como la humanidad misma; un hombre aprendía a usar la lanza; otro inventaba el escudo; el primero mejoraba la lanza y así sucesivamente.

De cualquier manera, yo considero que los beneficios potenciales de esta ciencia sobrepasarán en mucho las mínimas deficiencias que provengan de su uso indebido. Ya que, a medida que las personas se vuelvan más conscientes de sus rostros, ¿cómo podrán dejar de sentirse más próximas a los sentimientos de los demás?
Marido y mujer, paciente y terapista, podrán interpretarse mejor uno al otro y captar más rápido la desazón, la ira o el placer para determinar con más claridad la impresión que causan en el otro.
Si al mismo tiempo, las personas se tornan más responsables de lo que hacen con sus propios rostros, terminarán tomando un contacto más íntimo con sus sentimientos personales. Eso es verdaderamente lo que se trata de conseguir en la actualidad mediante la terapia de grupo, la psicoterapia, los encuentros juveniles y otros fenómenos de la vida moderna.