COMO ENCONTRAR A ALGUIEN PARA AMAR

Cómo tener éxito en el amor como nunca antes lo hubiera esperado de Jean D’Auriac

Capítulo 1
UN JUEGO DE NIÑOS… ¡PARA ADULTOS!

¿Por qué escribir un libro sobre este tema? ¿La seducción no es un talento natural, algo que se lleva en la sangre, de una vez por todas, o que uno no tiene en absoluto? ¿Que uno no tendrá nunca?
Y bien, imagine usted que ¡no!. Seducir es algo que se aprende, ¡como la música! Además, sí, como lo deseo, usted aplica algunos secretos (infalibles) que están contenidos en esta pequeña obra (un vademécum indispensable), rápidamente se dará cuenta.
Hablo con conocimiento de causa. Pues yo soy todo excepto un seductor natural. No soy millonario. Lejos de ello. Puedo apenas decir que estoy a ras.
No viajo en un Jaguar o en un Ferrari. No. Solamente en un modesto Renault. Mis ingresos no me permitirían curar otro carro pues soy un modesto periodista a la caza. Comento, por diferentes revistas y periódicos, artículos que no siempre publican. Y redondeo mi fin de mes haciendo traducciones de obras americanas.
Nada de volverme célebre y atraer mujeres, pues, como todos lo saben, la gloria es sin duda, para las mujeres, uno de los afrodisíacos más eficaces. Pero no dispongo de esta arma, mi oficio, usted lo comprende, ha sido un tanto oculto.
No tengo el físico de Robert Redford o de Alain Delon. Mucho faltaría para ello.
Soy un tipo común. Nada de particular ni de interesante.
No obstante, a decir verdad, conozco muchas mujeres exitosas. A tal punto que (y lo digo sin pretensión alguna) me era complicado decidir con quien pasaría la tarde o la noche.
Incluso puedo decir a quienes les interesa que se puede encontrar al menos una mujer nueva por día. ¿Esto lo deja escéptico? ¿Le parece inverosímil?.
A mí también, hace dos años, me hubiera parecido imposible si hubiese escuchado semejante enunciado. Y sobretodo, no habría podido creer que esto se pudiera aplicar a mí. A los otros, quizá, pero ¿a mí? A mí, que en 25 años sólo había tenido dos encuentros y breves, a mi con mi timidez, si bien no enfermiza, pero sí grande, es decir, manejable…
No. No había que soñar en colores… yo no gustaba a las mujeres desde hace años, y sería seguramente así durante los siguientes años. Como la mayoría de mis amigos tenían compañera, yo era cada vez más solitario. No se me invitaba en las tardes o a cenar pues había ya dado la vuelta a la esquina 1.
Inútil decir que realmente me aburría y que incluso había llegado a esperar alguna especie de milagro. Por ejemplo, que el alma gemela vendría un día tocaría la puerta de mi apartamento y se echaría a mis brazos haciéndome una gran declaración de amor. Evidentemente, esto no se producía, los milagros no
eran cosa corriente, por lo menos no en Paris.
Y no obstante, hace dos años, mucho agua a pasado bajo el puente, y muchas mujeres han estado en mis brazos.
Muchas… quiere decir…, ¿Me pregunta, usted?, ¿Usted quiere cifras? Bien, digamos que una buena treintena, lo que es sin duda poco si se me compara con Casanova, pero que es una considerable cifra si se piensa que desde el principio de mi vida amorosa sólo había conocido dos mujeres.
Y agrego que entre esta treintena de mujeres, algunas eran literalmente extraordinarias, tan bellas como actrices o maniquíes. Hubo menos espectaculares, convengo, pero después de todo, lo respeto, no me llamo Alain
Delon.
¿Cómo me llegó esto?, ¿a qué debo yo esta metamorfosis, este cambio tan sorprendente en el curso de mi destino amoroso? Le diré que no piense en que recibí herencia de alguna vieja tía, que yo no estuve en el Goncourt y que no libré mi fisonomía a la cirugía estética. No, todo ha pasado por azar. O bien, es el destino. Poco importa. Déjeme contarle la cosa, es muy simple.
Hace dos años, entonces, recibí una llamada telefónica, un lunes por la mañana, de un editor que necesitaba los servicios de un traductor. Otro editor satisfecho por mis servicios le había pasado mi nombre. Hice una cita con el
director de la colección que se ocupaba de las traducciones. Y me presenté a su oficina dos días después. Me pareció extremadamente simpático.
Un no se qué se desprendía de su personalidad, una suerte de fluido que tenía algo seductor. Además, no era yo el único sensible a su simpatía, pues todas las mujeres que pasaron por su oficina durante la media hora que yo lo espere, parecían subyugadas. La secretaria, una joven pelirroja, la directora de producción, una mona despampanante del tipo sueco, y una de sus colaboradores que debía arreglar conmigo algunos detalles de la traducción, una bella de ojos azules.
Mientras, advertía el hecho de que el director se entretenía con su colaboradora, yo lo examinaba atentamente, me daba cuenta que si hacía yo abstracción de su simpatía, de su magnetismo, si sólo consideraba sus rasgos,
él no tenía nada de excepcional.

1 Expresión para decir, ya entrado en años. “j’etais devenu la cienquième roue de la voiture…”

Incluso, tenía importantes defectos, el más visible era la nariz, no tan espectacular como la de Cyrano, pero bastante pronunciada. Una avanzada calvicie despejaba su frente, y no era ni bajo ni alto, ni de contextura atlética, incluso flaco. Es necesario precisar que se desprendía de él, misteriosamente, una expresión de gran elegancia.
Otra cosa era remarcable en él, ese brillo de sus ojos, azules y luminosos. Y su sonrisa. Una sonrisa muy atractiva. Una sonrisa que descubría unos dientes comunes y de una imperfecta regularidad, pero que daban la idea de decir que su propietario era sinceramente feliz de encontrarte allí ante él.
Sucede que el director, que me confió ese mismo día la traducción de una novela americana de gran tiraje, se hizo amigo mío. Tuve entonces la ocasión de volverlo a ver durante un café con él.
Me doy cuenta además que su carisma dejaba huellas por todas partes, no sólo entre sus colegas de trabajo, sino también con extranjeros que no tenían porque ser seducidos por el hecho de que él fuera un director de una casa
editorial. Como rápidamente nos tornamos familiares, le pregunté cómo diablos hacía para tener tanto efecto con las mujeres.
Comienza por dejar escapar una carcajada, luego alza los hombros diciendo:
“Es la cosa más fácil del mundo”.
Y vacía de un trago su copa de rojo. Eso no me parece gran cosa.
Las mujeres adoran ser rastreadas, agrega, luego de haberse secado los labios.
¿Aún es preciso saber cómo?, dije.
Creo que vio una cierta tristeza en mis ojos, un desconcierto. Y me hizo una sorprendente confidencia.
¿Me creerías si te digo que hace cinco años apenas no lograba seducir una
mujer en cientos de tentativas?.
La sorpresa que se dibujo en mi rostro lo alegra. Era como si le dijera que él bromeaba, que no era serio.
Es la más estricta verdad, reparo él.
La confidencia llama a la confidencia, le confié que me encontraba actualmente en esa situación y que eso me desolaba. Después de todo, yo no estaba tan mal, era relativamente inteligente, bastante como para hacer traducciones, y sin desbordar de confianza no era realmente tímido. Podía abordar a una mujer sin temor.

SI PUEDES HABLAR A UNA MUJER, LO PUEDES TODO.
Yo no comprendí ese “todo”. ¿Qué quería decir?

Es lo principal, es la base.
Tuve esa tarde una conversación o mejor una lección de seducción que haría cambiar mi vida, no solamente mi vida amorosa, sino el resto, toda mi vida, pues la seguridad que confiere el hecho de gustar a las mujeres da una
seguridad general, una confianza en sí que personalmente no había conocido nunca, ni la había sospechado, siquiera.
Luego de que le hice la promesa de que me serviría de sus técnicas para ir a jugar en el terreno, me entregó sus secretos. Quedé asombrado por su simplicidad y su lógica.
Ese amable director murió recientemente, en un accidente automovilístico. Es un poco por tal razón, en su memoria, como un agradecimiento póstumo, que decidí poner por escrito los secretos que él me confió. Éstos me han prestado un excelente servicio tal que me siento en el deber de hacer lo mismo, para beneficiar a la mayor parte posible de hombres (y de hecho también a las mujeres) con los consejos que él me ha prodigado. Creo que si viviera aún, él estaría feliz de esta iniciativa. ¡Para que muchas personas vengan a jugar en el terreno correspondiente!
Antes de entrar en lo vivo del tema (y debo detener la impaciencia que ciento en mi pluma, lo que me parece muy prometedor, pues para ilustrar los principio que aprendí, deberé recurrir a ejemplos vividos cuyo recuerdo viene a mi mente, aún), antes de entrar, entonces, en lo vivo del tema, debo hacer un pequeñito paréntesis.
El objeto de este libro no es hacer de usted uno de esos rastreadores que se tornan tan alienados como infelices por su obsesión de seducir, lo que, por el contrario, no logran agradar a las mujeres. No tengo objeción en que el
lector utilice los secretos de esta obra para poseer a una nueva mujer todos los días.
Pero no es ese mi propósito. Lo que busco es más bien, posibilitarle a los hombre, que por una u otra razón no han encontrado mujeres o que estando cerca de ellas, los sucesivos fracasos (como era mi caso hasta hace dos años) le impiden romper el circulo infernal de su soledad.
Quiero favorecer los contactos entre los hombres y las mujeres. Pues no hay nada más natural que el amor entre estos. Además, dígase esto: establecer un primer contacto con una mujer no necesariamente tiene por objeto llevarla al lecho esa misma noche.
Puede haber otras cosas en el objetivo de la ligazón. Una maravillosa amistad.
Una ternura recíproca. Un contacto que podrá serle útil en el ámbito profesional.
Un simple intercambio de ideas que le permita pasar una agradable tarde y expandirse socialmente. Y quien sabe, quizá también, al fin de cuentas, el amor. El verdadero amor, aquel que la mayor parte de los seres buscan.
Desdichadamente, muy frecuentemente en la vida hay ocasiones bizarras, encuentros que no tienen lugar, y todo por nuestra causa, sin que lo queramos o busquemos, no obstante. Pues esa mujer con la que se cruzó ayer en la calle, esa soberbia mujer que lo ha seguido tímidamente a distancia y que usted no ha osado abordarla sino con una sutil sonrisa de ánimo, quien sabe, era quizás la mujer de su vida, con quien hubiera podido vivir un gran amor. Era ella una mujer con la que quizá hubiese podido vivir una relación maravillosa. Y sin duda
no la volverá a ver, nunca.
Dígase esto, es infinitamente preferible tener remordimientos porque usted se ha dirigido a, que por no haberlo intentado. Al menos, en el primer caso, usted tendrá limpio el corazón. Y quizá también un asunto de corazón…
Por lo tanto, nada es más fácil que seducir a una mujer, conquistarla o ligarla como se dice hoy. Cuando se sabe cómo. Y es lo que tengo la intención de mostrarles.
También usted, se dirá como yo, que es un juego de niños, para adultos. Si alguien tan común como yo ha logrado en poco tiempo hacer numerosas conquistas, no hay razón alguna para que usted no puede hacerlo entonces.
¿Qué mujeres se pueden conquistar?
He aquí una importante pregunta a la cual me aprecio de dar una respuesta.
Simple. A todas las mujeres. Poco importa la edad, la condición, etc. Ricas o pobres. Célebres o completamente desconocidas. Solteras o divorciadas… No digo esto solo por animarlos. Es la más estricta verdad.
Es preciso que se diga una cosa: los tiempos han cambiado, en 20 años. Hace mucho tiempo aún, era raro que una mujer hiciera el amor antes de casarse.
Aquellas que lo hacían, lo hacían con mucha discreción. No se hacían notar ni se arriesgaban a una mala reputación… Ahora, la mayor parte de las mujeres comienzan muy jóvenes a tener relaciones sexuales y no se preocupan de saber si se casarán con su amante.
Muchas mujeres están adaptadas al amor libre y no quieren desprenderse de ello, prefieren invertir lo esencial de sus energías en seguir una carrera. La mayor parte de las mujeres modernas son independientes financieramente,
además de un título, lo que las torna libres, entre otras cosas físicamente.
Y además, la píldora anticonceptiva disminuye mucho sino es que elimina completamente el temor de un embarazo no deseado. Hay cambios entonces, las mujeres de hoy son más libres. Y más disponibles. E, igual que los hombres, ellas buscan diariamente, el amor.
Me permito al respecto citarles la película de la novela “El hombre que amaba las mujeres”, de François Truffaut. Es un filme que sin vacilación les recomiendo para entrarlos en el ambiente idóneo para probarles que es fácil conquistar a las mujeres, y que un hombre común puede hacer conquistas casi diarias.
Si no ha tenido la suerte de verlo, es, como el título deja suponer, la historia de un hombre, Bertrand Morane, ingeniero de profesión, soltero de estado, cuya única pasión en la vida es “las mujeres”. Las mujeres, todas las mujeres.
El esfuerzo de imaginación e ingeniosidad que él despliega para alcanzar sus fines, son admirables. Y los resultados también lo son, a pesar de ciertos inevitables fracasos. Un día, decide escribir sus recuerdos amorosos, para hacer una especie de novela. En un momento dado, se interroga, fascinado por el raudal de mujeres que, en primavera, desfilan por las calles de Montpellier, en la que él vivía.
Son millares, todos los días, caminando por las calles… Pero ¿Quiénes son todas esas mujeres? ¿Adónde van? ¿A qué cita? Si el corazón es libre, entonces, sus cuerpos son a tomar, y me parece que no tengo el derecho de
dejar pasar la suerte.
En verdad, le diré: ellas quieren lo mismo que yo, ellas quieren el amor. Todo el mundo quiere el amor. Toda clase de amor. El amor físico y el amor sentimental, o incluso simplemente la ternura desinteresada de alguien que elija a alguien para la vida y no miré a ninguna otra persona. Yo no allí, yo miro a todo el mundo.
Esto dice, incluso si la mayor parte de las mujeres piensan diario en el amor y aman hacerse conquistar, ellas no lo admitirán necesariamente. En principio, ellas se muestran quizá frías, y reticentes. La mayor parte viven con el
fantasma de pasar por mujeres fáciles. Ellas no detestan que los hombres se tomen el trabajo de admitir su complacencia por sus favores. Pero una cosa es importante, memorícela y logrará eliminar sus vacilaciones y sus temores: no solamente todas las mujeres aceptan ser rastreadas, sino que adoran serlo.
La mejor prueba de ello, es que lo contrario las inquieta y deprime. Las mujeres están contentas de poder constatar al final de la semana que fueron seguidas por un desconocido que les hizo galanteos o que un hombre las ha invitado a tomar un vino, y les ha ofrecido llevarlas o acompañarlas, en su carro.
Quizá no le admitan claramente que están siendo rastreadas, pues el termino es muy masculino y repugna a algunas mujeres. Ellas dirán que se han encontrado por azar a alguien, que un hombre les ha ofrecido llevar sus paquetes, que les ha ayudado a guardar el carro. Todas, cosas totalmente inocentes, en apariencia. No es cuestión sino de nomenclatura. Pero en la mayor parte de los casos, bien entendido, el hombre que ofrece a una mujer cargar algo pesado, la rastrea, simplemente. Sea formalismo, sea civismo, pero es rastreo y punto.
De hecho, a veces sorprende ver hasta que punto es fácil seducir a una mujer.
Incluso una mujer que no sólo no tiene sino que además, no lo es. Les contaré una anécdota. Como se trata de un hecho vivido (y en este caso por el autor de estas páginas), usted comprenderá que yo cite nombres ficticios. Yo no cuido mi reputación pero sí la de los otros.
Durante seis meses, luego de haber realizado la traducción de la novela americana que me había confiado aquel a quien debo los secretos que les entrego a ustedes, yo trabajé en la casa editorial, haciendo diversos trabajos de
redacción. Se me dio una pequeña oficina que me era perfecta. La puerta se abría a uno de los corredores más concurridos de la editorial por lo que podía ver desfilar todas las mujeres que trabajaba allí. Ahora bien, eran numerosas. Y muy bonitas.
Un día, una de ellas, que yo distinguía, fue nombrada como nueva secretaria en el departamento en donde yo trabajaba. No era Catherine Deneuve pero era adorable. Era sobretodo muy sexy.
Era una morena adorable, con un talle de avista y ojos de fuego. Además, tenía una manera algo escandalosa de fumar el cigarrillo. Era para abreviarles, la inhalación. Si no estuviese entre nosotros, entre hombres, no hablaría de esa manera de caminar. Llevando siempre los tacones altos (sin duda para crecer un poco), tenía una manera de balancear las caderas que hacía literalmente rabiar a las otras mueres, y que en revancha encantaba a los hombres… Los hombres escapan raramente a ciertos efectos, incluso si son exagerados de
manera ostentosa.
Para no alargar la historia, digamos que uno de mis amigos viene un día a verme a la editorial a patearme. Nos conocíamos hacía 20 años y desde hace 20 años me patea. Cuando éramos pequeños, por los cigarrillos, o por otras minucias. Ahora, por motivos más serios. Pero como es un amigo de infancia, no le niego generalmente nada. Al entrar en mi oficina, estaba él muy excitado y me explica la razón. Al llegar siguió a una mujer que movía las caderas de manera extraordinaria. Esta mujer, lo habrá adivinado ya usted, no era otra que a nueva secretaria a la que bautizaré Ginette, para mayor comodidad. Ella lo había precedido evidentemente en la oficina.
Este amigo de infancia que se llamaba Juan, atravesaba un periodo muy sombrío, sentimentalmente. Se había separado de su mujer y desde hacía algunas semanas, no había encontrado aún nuevo apartamento y aceptaba la hospitalidad de los compañeros, cuando no dormía en el hotel. Rápidamente me pide que diga quien era esta secretaria tan sexy. Una nueva, le expliqué yo.
¿Hay algo entre ustedes?, me preguntó.
No, respondí yo, e iba a agregar: Todavía…
Pero él no me dio el tiempo de terminar.
– Entonces, es preciso que me la presentes.
¿Amigos, ante todo, no es así? Me dije, en todo caso. Y saliendo de la oficina, fui a presentarle a Ginette, pero ella salía en ese momento, si bien, alcanzaron a cruzarse y se entrevieron por una fracción de segundo. Una fracción de segundo, digo bien. Ustedes comprenderan rápidamente las consecuencias.
Aturdido, mi amigo Juan que, dicho sea al pasar, no estaba en mal estado, enarbolaba orgullosamente un gran bigote del que se sentía orgulloso (con razón, pues le llevó a muchos eventos acerca de mujeres. Volveremos sobre este tema en otro capítulo.), mi amigo Juan, me suplica entonces arreglar un encuentro entre Ginette y él. ¿Qué es lo que uno no hará por los amigos?.
Al otro día, heme entonces jugando al casamentero con la chica más sexy del departamento. Yo tenía cierto remordimiento. ¿No debía yo pensar en mí, ser un poco más egoísta? Pero yo le había prometido. Yo no tengo más que una palabra… A pesar de ello, hablando con Ginette, a la mañana siguiente, durante la pausa del café, le dije que mi amigo se había impresionado con ella y que no cesaba de hablarme de ella desde que la había visto, el día anterior.
A él le gustaría mucho conocerte, le dije. Ella pareció turbarse por lo que yo acababa de decirle. Es preciso decir que yo improvisaba toda suerte de detalles, inventaba cumplidos que mi amigo no me había sugerido. Lástima, yo sentía que yo habría podido seducir a esta niña, yo había sido muy efectivo.
No tiene más que llamarme, me respondió de un tajo, Ginnette.
Quedé atónito. Ella aceptaba una cita con un hombre que, incluso, ella no conocía, y al que ella no le había hablado, y que ella solo había entrevisto.
Yo me preguntaba, incluso si, ella reconocería a mi amigo. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me entero, más tarde, en el curso de la semana, que sin estar oficialmente casada, ella vive con un hombre desde hacía dos años. Una mujer moderna, no hay duda. Si relato los detalles de esta ventura, aunque no fue mía, es para probar hasta qué punto las mujeres de hoy, adoran la coquetería (ser rastreadas), hasta qué punto ellas están disponibles, y aman la aventura, sin duda, tanto como nosotros.
Cuando le cuento a mi amigo Juan, la noticia, él se exalta y se dispuesto me pide un nuevo servicio. Si le presto mi apartamento en la noche. ¿Razón? Él no quiere que Ginette sepa que él estuvo casado y que acaba de divorciarse. Ir al hotel lo pone, inmediatamente, en evidencia. Como es una buena causa, no
me rehúso.
A la mañana siguiente Juan llama a Ginette a la oficina y se citan. Irán a comer juntos, a un pequeño y simpático restaurante. Antes de recogerla en su oficina, él pasa a verme para recoger las llaves y me pregunta, ligeramente ansioso, hasta donde puede ir la primera velada juntos. Como yo no la conocía, no atiné a aconsejar en ningún sentido, me contenté con decirle: “tu verás, según como las cosas se vayan dando”
Por mi parte, contacté a un compañero que gentilmente me hospedó por esa noche. A la mañana siguiente, mi compañero me cuenta, muy alegre. Es ella misma quien toma la delantera. En un momento dado, en el restaurante, ella le dijo, cándidamente:
¿Puedo pedirle algo? – Sí.
– Abráseme…
Inútil decir cómo termina la tarde. Su idilio no dura. Ginette descubre pronto el pastel. Entregándome un día mi sobre de pago, ella se da cuenta que mi dirección era la misma que la de Juan. Ellos tuvieron una violenta discusión, seguida de una definitiva ruptura, lo que no contraría a mi amigo, pues había resuelto retornar con su mujer.
El tiempo pasa. Cada vez que veo a Ginette –y la veo muchas veces por día–– me digo que fui muy torpe al haber sido tan vacilante. Decidí probar suerte. La invité a cenar. Ella aceptó. Durante la cena, sólo fui un amigo, sobretodo cuando me habló de dos o tres reanudaciones con su compañero, cosa que me desalienta. Pero al acompañarla a su carro, al último momento, al despedirla, me arriesgo y la beso entreabriendo los labios. Para mi sorpresa, ella no me rechaza. Enseguida. Luego de un largo beso, me dice con aire enojado:
Ya lo sé. Ustedes todos son iguales, los hombres, no tienen más que una idea en la cabeza.
Balbucee una explicación, un cúmulo de cumplidos, lo que es preciso no privarse de hacer.
Y bien.., yo…, excúseme…, no fue mi intención, pero eres muy bonita, muy sensual… No pude no hacerlo.. Ha sido más fuerte que yo…2
Vi caer, inmediatamente su cólera. Como si estuviese encantada. En suma, le decía que ella me había hecho perder la cabeza, que no era responsable de mis actos. Anticipo aquí, que eso tiene un efecto devastador en las mujeres.
Ellas tienen horror a los fríos seductores que no se emocionan nunca. Diría incluso, es en todo caso lo que mi experiencia personal me ha enseñado, que el modo más seguro de turbar a una mujer, es estar uno mismo turbado.

2 (NT) Jacques Lacan, Psicoanalista Francés del siglo XX, decía: “Te deseo aunque no lo sepa”, como quien dice,”te deseo, a mi pesar”. Es la fórmula del deseo. Recordemos que el deseo es inconsciente. El autor aquí, en su balbucear (balbucear obvio, pues el deseo siempre, siempre, y a todos, nos sorprende) lo que hizo fue anoticiarse de su deseo y pronunciarlo. La pregunta que juega ahí detrás, es qué papel tiene, para el fantasma del autor, “el amante de…”, pues Ginette tenía no sólo un compañero, sino y además, fue amante de su mejor amigo. ¿Quién es Ginette, para el deseo del autor? Una mujer que tiene compañero.
¿Cuál mujer, es esta que, en la historia del autor, tiene compañero?. Etc. El objeto del deseo, es un tema, profundo. Ginette aceptó tal lugar, cosa que no duraría mucho, por supuesto, y razón por la cual, y a pesar de ella, jamás tomó en serio al autor. Por decir así, aunque ella no fuese conciente del asunto, ella sabía. Lo que nos enseña, no basta con asombrarse por el deseo que nos invade, tampoco enunciarlo, esto es necesario, más no suficiente, es preciso preguntarse, ¿por qué?. ¿Qué es ese deseo?.

A menos de estar sinceramente turbados (lo que es ideal pues la emoción nos da elocuencia, sí no verbalmente, de otra forma, más misteriosa e invisible sobre la que volveré luego), a menos de estar realmente turbados, entonces, pretenda estarlo. A pesar de todo, en el caso que me ocupaba esa tarde, esas bellas palabras no lograron, en mucho tiempo, atemperar la cólera de Ginette.
Ella, con sus bellos ojos, lanzaba claras muestras de estar molesta. Juan te ha dicho cómo yo besaba y has querido ensayar…
¿Por quién me tomas? ¿Crees que me voy a acostar con toda la tropa?
Ella no se equivocaba. Juan me había descrito minuciosamente las locas noches que había pasado en los brazos de Ginette, de las que estuve totalmente envidioso. Eso no había hecho más que confirmar lo que yo pensaba de ella, es decir, que era una mujer extremadamente sensual. Pero me era necesario negar todo. Yo no me burlaría. Pero Ginette me arroja una ducha fría cuando me dice:
Quiero que sepas algo. Jamás retornaré a tu apartamento. Jamás me acostaré contigo.
No protesté. No le insistiría más. Me contenté con levantar la espalda y tomar el partido de jugar al hombre formal (Gentlemen). Les señalo, al pasar, que es una estrategia con la que cuenta usted, como ventaja, para recurrir a ella, en casi todas las ocasiones.
Me permito aquí un paréntesis para argumentar mi anécdota.
Usted está en un bar y flirtea con una mujer. Ella lo despacha. Inútil ponerse a insultarla, decirle que es una buena para nada, une frígida, lesbiana, etc. Eso no le ayudará a usted en nada. Incluso si así fuera el caso.
Usted no sabe nada de esa mujer. Acaso tenga buenas razones para negarse.
Acaso acaba de separarse de su novio y no tiene cabeza para amoríos. Acaba quizá de perder a su mamá, por un terrible cáncer. Lo que no da lugar al coqueteo.
O quizá, simplemente, espera a alguien. Otra tarde arriesgue a verla de nuevo.
Quizá esté en mejor disposición. Como ya lo habrá notado, el segundo encuentro es mejor. Y luego, incluso si ella no está verdaderamente interesada, ella irá la siguiente vez con una compañera que, sucumbirá a los encantos de
usted.
Con Ginette, me decía entonces que no había ningún chance. No me había portado bien el todo. Era normal, después de todo, que ella no se arrojara en mis brazos luego de haber sido seducida por mi mejor amigo y haber
descubierto en ello mi complicidad. A la mañana siguiente: cuando la vi, le dije amistosamente:
A pesar de lo que pasó ayer, sería bueno que fuésemos a tomar un vino, una tarde, en compañía.

Está bien.
Te dejo mi número telefónico por si acaso.
Una semana más tarde, para mi gran sorpresa, una tarde ella llama. Para ir a tomar un vaso de vino. Fue una tarde muy agradable. Ginette bebía mucho.
Pero no se mostraba especialmente calurosa. Estaba en un dilema.
Definitivamente la deseaba, la encontraba infinitamente deseable. Esa tarde llevaba una camisa cuyos primeros botones estaban desabrochados. Lo que permitía advertir su soberbio pecho.
¿Lo hacía expresamente? Me preguntaba. ¿Si ella desea que solo seamos compañeros, por qué se viste de manera tan provocadora? Quizá solo sea una ilusión. Ella quiere hacerme ver. Cuando llegó el tiempo de acompañarla a su carro, como la primera tarde, mi dilema alcanza una suerte de paroxismo.
La deseaba locamente, pero al mismo tiempo, temía un nuevo rechazo.
Felizmente no logré franquear mi dilema. Cuando fui a darle un beso absolutamente amistoso. Fue ella quien literalmente se arroja en mis brazos.
Fue un largo y apasionado beso.
– Fumemos un cigarrillo en el carro, propone ella, temiendo sin duda, dar un espectáculo a quienes ocasionalmente pasaban, y a pesar de lo relativamente tarde que era.
No me opuse, obviamente. En el carro, un beso aún más apasionado. Me permití ser más audaz. Pero el confort que ofrecía mi Renault era, en este dominio, limitado, nos dirigimos a mi apartamento donde la noche nos pareció tremendamente corta. A la mañana, Ginette me pide con candor admirable, con un aire de pequeña niña que me embelesó:
¿Qué pensarás de mí?
Que tú eres la mujer más apasionada que jamás he encontrado. Y Tú ¿Qué piensas de mí?
Sin duda que soy un hombre fácil, respondí yo antes de dejarla partir, habiendo adivinado lo que ella pensaba respecto de mi respuesta.
Pícaro… dice ella, divertida.
Era más o menos un chiste, pues creo que hoy, la expresión “mujer fácil” debe hacer reír tanto como la expresión “hombre fácil”. El hombre y la mujer sienten igual placer: el uno en los brazos del otro.
Y además, ¿No es frecuente acaso que, insidiosamente, la mujer tienda trampas al hombre? El hombre que cree que la mujer cae en sus redes, se equivoca de un todo y por todo.
Las mujeres son más hábiles de lo que uno cree, generalmente, en este género de historias. En el caso que nos ocupa, ¿No era Ginette quien me tramó, si puedo así decir? Seguro, fui yo quien le di mi número telefónico. Ella también sabía que me era deseable, mi tentativa fallida de seducirla lo testimoniaba.
Pero fue ella quien me telefoneó. Y sobretodo, fue ella quien abrió el baile. Al dejar mi apartamento, esa mañana, Ginette hizo esta reflexión, con un tono misterioso, frívolo:
-Yo me había jurado que nunca más pondría aquí mis pies.
Esas son circunstancias de la vida, dije, en un tono desprovisto de risa.
Pero el primer pensamiento que me vino a la mente era la bella máxima: “Es preciso nunca decir: Fuente, yo no beberé de tu agua…”
Para concluir esta historia, digamos que finalmente viví con Ginette una aventura de algunos meses, aventura que se terminó cuando ella dejó su empleo para ir a trabajar a Lyon, a donde ella había decidido seguir a su compañero. Ella jamás me tomó en serio. Nuestra separación fue más bien amistosa.
Si relaté esta anécdota, es porque, fuera del placer que su recuerdo me procura, la considero altamente instructiva. Ella ilustra un principio. La mayor parte de las mujeres buscan la aventura. Incluso aquellas que en apariencia son inaccesibles. Ella enseña, igualmente, que no hay que no hay que tomar seriamente el NO de una mujer, por categórico que el sea.
Un “NO”, incluso convincente puede transformarse rápidamente en un “SI” definitivo. El deseo femenino es algo infinitamente caprichoso. En los dos sentidos del término. Una nada, puede ponerlo en marcha 3. Y una nada puede hacerlo morir. ¿Por qué Ginnette cambió de idea respecto de mí? ¿Sabe usted lo que yo creo? Como usted no puede, naturalmente, responderme, yo me pongo en su lugar. Quizá en el fondo, Ginette, jamás cambió de idea con respecto a mí. Quizá le rogué. Sólo que no quiso pasar por una mujer fácil, sobretodo luego del suceso con mi amigo Juan. Ella jugaba un juego.
Esta historia demuestra, igualmente, otro principio, sobre el que tendrá ocasión de volver, más tarde. Concierne a la insistencia, la perseverancia, y sobretodo su contrapeso. Veremos más tarde que es muy eficaz, mostrarse insistente.
Pero a veces, también es preciso operar una retirada estratégica. Dar un paso atrás para poder dar dos adelante. Eso puede tener un prodigioso efecto. Las mujeres son halagadas por el primer asalto. Pero se rehúsan a ceder a sus avances. Está bien. Usted no ha formalizado nada. Está estragado, descompuesto…
Usted le hace comprender que ese no es el fin del mundo, que usted no se morirá por ello, que todo continuará igual encontrándola simpática.
Frecuentemente ocurre esto, yo mismo tuve la ocasión de experimentar numerosos reencuentros. La mujer está molesta por la corte que usted le ha dirigido. Ahora, no haga nada. Usted es neutro. Ella comienza entonces a
formularse preguntas.

3 (NT). Jacques Lacan, Psicoanalista Francés del siglo XX, decía: “El amor, permite al goce condescenderal deseo”. Como quien dice, si él cede en su deseo (desear), ella logra también ceder en el suyo (amar), y desear, entonces.

Su amable neutralidad la aflige. Quizá, realmente no le gusto, se dice ella. ¿Por qué detuvo todo tan pronto? Esto puede parecer completamente contradictorio, pues, ella acaba de darle a entender que prefiere que usted ponga fin a sus tentativas. Pero es así.
El deseo es sin duda la cosa más contradictoria del mundo. Con frecuencia las mujeres buscaran ganarte, para no dejarte ir. Querrá tomar la riendas por sus manos. Déjela hacerlo. Ella es más hábil que usted y logra rápidamente sus fines, los cuales, se encuentran, por un inaudito azar, siendo también los de usted. De esto hablaremos más tarde.
No olvide. Cuando usted desea conquistar, no excluya a priori, ninguna mujer.
Usted no las seducirá a todas, pues es necesario que la atracción sea recíproca. Pero sería un tonto si no prueba su suerte. Incluso con mujeres con apariencia de ser felices, sentimentalmente, las que, por definición, deberían ser las conquistas más difíciles, son sensibles a la seducción. Recuerde a Madame Bovary. Cuantas mujeres están en su caso, incluso hoy. Los caminos están llenos de Emma Bovary. Juegue la buena carta.
Hay otra cosa que usted debe considerar y en la que, la mayor parte de los hombres, no piensan nunca, justamente porque son hombres. No sólo las mujeres adoran hacerse seguir (conquistar), sino que, muchas de ellas me lo han confiado, deploran que los hombres no lo hagan. No sólo es de la naturaleza femenina, el coquetear, su vestimenta, maquillaje están orientado hacia este fin, sino que por su educación, ellas están generalmente condenadas a no dar el primer paso y a esperar que el hombre lo haga.
Ellas también dan relampagueos, en la calle, en una cafetería, en el bus.. y la animosidad es más clara, cuando ven que el hombre que les atrae, es justamente el que las sigue (rastrea).
Al respecto, me permitiría citar de nuevo la novela llevada al cine: El hombre que amaba las mujeres, del que les recomendé antes, su lectura. No puede, sino esclarecerlos, sobre los modos amorosos de nuestro siglo y sobre las mujeres. Es Genieve quien habla, la que asegurará la edición de la novela de Bertahd, él héroe. Ellos hace poco son amantes, y en el lecho conversaban así:
“Pero al menos, dice Genieve, hay una cosa con la cual yo no estoy de acuerdo, es cuando escribes (no me acuerdo exactamente) “Las mujeres piensan más generalmente en el amor que los hombres”. Yo les aseguro que también nosotros tenemos nuestras curiosidades, nuestras bruscas ansias. Se los puedo decir ahora, la primera vez que tuve deseos de usted, fue en la oficina en París, cuando usted discutía con la modelo. Me acuerdo muy bien:
hacía mucho calor y en un momento dado, usted arremangó su suéter y tenía un cigarrillo en la boca. Estaba tan absorto en la conversación que hacía todo maquinalmente. Entonces usted, ¡se quita el suéter, tirando del cuello, sin quitar el cigarrillo de su boca! Y bien, bruscamente, a causa de eso, ¡tuve deseos de hacer el amor contigo!”.

Si me permití una cita tan larga, es porque contiene preciosas enseñanzas. La simpática directora de la casa de edición confirma que las mujeres pueden tener las mismas ansias que los hombres. Ella da también otra prueba del capricho del deseo, que puede surgir con el menor pretexto. Igualmente, ella nos enseña uno de los aspectos más importantes para seducir a las mujeres y que vamos a abordar en seguida. Bertrand Morane, no dijo que la había seducido porque tuviese un torso musculoso, un perfil de Apolo o porque fuera grande. Además, el héroe de la película, encarnado por Charles Denner, no posee ninguno de esos atributos.
Genieve le manifestó que había deseado hacerle amor con él por su intensidad, porque estaba tan absorto que no pensó en retirar el cigarrillo al retirar su suéter. He aquí una indicación capital.

Te recomiendo leer, en mi blog, obvio:

Yesica Floreshttp://www.elblogdeyes.com
Soy Yes, blogger desde hace más de 5 años. Me he especializado en el viejo y olvidado arte de divagar

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