LA MUJER DE TUS SUEÑOS INSTRUCCIONES PARA ENAMORARLA (FABIO FUSARO Y BOBBY VENTURA) – ¿Casualidad?

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“Qué casualidad… Otra vez sentada al lado mío” pensé un día al comenzar la clase de Lógica en la universidad donde estudiaba comercio exterior (Dios mío. Las cosas que habré hecho para conocer mujeres).
Gabrielita Jáuregui estaba divina. Morocha, ojos verdes, carita preciosa, de lomo no era una vedette, más bien chiquita y nada exuberante, pero era un bombón. De esas que te encantaría entrar a tu casa y decir “Mamá… Gaby; mi novia”.
Yo venía de romper con un noviazgo bastante largo. En realidad yo no rompí nada. Lo había roto mi ex, solita y sin siquiera un poquito de ayuda de mi parte. Eso provocó que tuviera la mente en otro lado y no estuviera más concentrado en Gabriela, pero era innegable que me gustaba y que cuando estaba con ella, el dolor que sentía por mi rota relación anterior quedaba en un segundo plano.
Habíamos formado un grupo muy lindo en aquel curso. Todas las noches, en el recreo de las 20 horas, nos íbamos seis o siete al café de la esquina. Gaby se sentaba “de casualidad” siempre al lado mío o yo me sentaba “de casualidad” al lado de ella. En el 90% de las veces nos encontrábamos sentados uno al lado del otro, donde fuera. En el curso, en el café, en la casa de algún compañero estudiando en grupo, en un cumpleaños, etc.
A mí no se me cruzaba el pensamiento de que eso fuera a propósito. Sí sabía que lo era de mi parte, pero muchas veces era ella la que elegía el lugar. “Casualidad”, pensaba yo.
Gabriela estaba de novia con un aparato de los que no se ven muchos. “¿Qué le vio a ese tipo?” era el pensamiento popular. El hecho era que algo le habría visto, porque estaba recontra enamorada de él, lo cual alejaba de mis pensamientos la posibilidad de que se estuviera fijando en mí.
Un día el profesor de Lógica la salteó claramente al pasar lista.
-Profesor, no me nombró a mí- le dijo sorprendida.
-No hace falta –respondió éste-. Si está Fusaro, está Jáuregui.
Algunos de los que entendieron el chiste rieron; Gaby se puso toda colorada y yo quedé tratando de entender qué era lo que estaba pasando.
Desde ese día nunca más el profesor la nombró al tomar lista.
En aquel entonces, yo tocaba el bajo en un grupo de rock pesado (insisto: las cosas que habré hecho para levantar minas). Gaby era medio rockerita, por lo cual un día vino a ver un ensayo.
“Que casualidad que le guste el rock pesado”, pensé.
Otro día, cuando “de casualidad” estaba sentada a mi lado en un restaurante de la costanera donde fuimos a celebrar el cumpleaños de un compañero, me contó que se había peleado con su novio. Ella lo había dejado. Yo ni siquiera estaba enterado de que tuvieran problemas.
-Pero… ¿Qué pasó? –le pregunté.
-Nada… Que me puse a pensar que tal vez no estaba tan enamorada como antes… Que tal vez él no fuera el hombre para mí… Que tal vez pueda tener a alguien mejor…
-Yo creía que estabas muy enamorada de él.
-Sí… Estaba… Pero últimamente me sentía algo confundida…
Si creen que esa misma noche terminamos matándonos a besos con Gabriela, lamento desilusionarlos. No pasó nada, ni esa noche ni ninguna otra.
El período de clases terminó y si bien seguimos en contacto telefónico con algunas excusas ridículas que “de casualidad” inventábamos, al tiempo nos fuimos distanciando y luego dejamos de vernos. De eso ya pasaron muchos años.
Más adelante me enteré, por medios en los que no vale la pena detenernos, que la “confusión” que Gaby había sentido con respecto a su novio llevaba nombre y apellido.
El hecho de no haber sabido reconocer “las casualidades” como lo que realmente eran, impidió que llegáramos a algo más.
Que ella se sentara a mi lado todos los días y en todos lados, no era una “casualidad” sino que era lo que podríamos llamar una “causalidad”, porque esos hechos se producían “a causa” de que sentía atracción por mí. De lo contrario, ella misma no hubiera permitido que sucedieran, para evitar cualquier tipo de mala interpretación de mi parte.
Abrí los ojos. Que no te pase lo mismo. Si cada vez que vas a la casa de tu amigo, la hermana aparece “de casualidad” luciendo bastante producida por ser tal vez un día de semana al mediodía y siempre hay algún motivo para que te dé charla con algo, no seas teletubbie. Lo más probable es que no estés en presencia de una “casualidad”.
Si en una cena, una mujer sentada a tu lado te toca la mano al pasarte una servilleta, luego al decirte algo en secreto, después al apoyarse en la mesa para levantarse al viorsi y más tarde para ver tu “línea de la vida”, no tenés que pensar que se trata de cuatro hechos fortuitos.
Porque si una mujer te tocó una vez la mano “de casualidad” y no tiene otras intenciones, tratará por todos los medios de evitar un segundo toque y ni hablar de un tercero y un cuarto.
¡Qué loco! Ayer “de casualidad” escribí “Jáuregui” en el buscador de la guía telefónica en Internet y apareció el número de una Gabriela. ¿Será la misma?

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