LA MUJER DE TUS SUEÑOS INSTRUCCIONES PARA ENAMORARLA (FABIO FUSARO Y BOBBY VENTURA) – No sos el único

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Magdalena era un bombón. De esas chicas que te las comerías a besos lentamente, mirándola de vez en cuando a los ojos, sin pensar en otra cosa (por lo menos al principio).
Nos habíamos conocido en un encuentro religioso al que asistí cuando tenía 20 años. Las cosas que habré hecho para conocer mujeres…
El hecho es que Magdalena me daba bola. No se me tiraba encima, pero era simpática conmigo.
Una noche estábamos en la casa de Marcelo, otro chico del grupo, festejando su cumpleaños.
Magdalena estaba sentada a mi lado en la mesa. “No es casualidad”, pensé.
Ella me encantaba, pero debía ser muy cuidadoso en mis acciones.
En frente de nosotros estaba sentado Gerardo. El era un tipo algo más bajo que yo, feíto pero simpático y se había puesto a charlar animadamente con Magdalena, de no me acuerdo que cosa.
La situación estaba bastante controlada y yo sentía que tenía todo a mi favor: estaba bien físicamente porque concurría a un gimnasio desde hacía más de un año, tres veces por semana; estaba bien empilchado, bañado y perfumado, y lo más importante, ella estaba a mi lado en la mesa, disfrutando de la conversación que estábamos teniendo entre los tres.
Yo no pretendía hacer la estocada final en ese momento ni mucho menos, pero era una magnífica oportunidad para crear onda entre nosotros e ir preparando el terreno para un próximo acercamiento, tal vez algo más profundo, y así sucesivamente.
Mientras estaba llenándole su vaso de gaseosa, más preocupado por trabar el tríceps que otra cosa, escuchaba que Gerardo le decía:
-¿Tenés agenda?
-Sí… -responde Magdalena.
-¿La tenés acá?
-No… En mi casa…
-Bueno, entonces cuando llegues a tu casa, agarra la agenda y en el sábado que viene anota “Salir con Gerardo”.

Sin poder creer la estupidez que acababa de cometer ese tipo y mientras apoyaba la botella nuevamente en la mesa sin aún haber destrabado el tríceps, miré de reojo a Magdalena y vi que sonreía tímidamente bajando la vista.
-No te olvides –insistió tranquilamente Gerardo, mientras agachaba la cabeza en busca de su mirada, al tiempo que esbozaba una sonrisita ganadora.
Seguidamente él me miró y me dijo:
-Me servís un poquito a mi también… Che, qué buena remera, ¿A dónde la compraste?
-En Legacy… -respondí un tanto desconcertado.
-Está buena… ¿Y un talle más no había?
-¿Ehhh…?
-Naaaa… Te estoy molestando… ¡¡¡Te queda bárbara!!!
Fue así como, al toque, derivó el tema y no volvió a insistir con seducir a Magdalena en toda la noche.
Bueno, este nabo me cagó el momento –pensé-; ahora tengo que esperar otra oportunidad.
El sábado siguiente salieron solos y se pusieron de novios.
No lo podía creer. Había tenido un penal a favor y el gol lo hizo el otro.

Por qué no le dije eso mismo yo. Eso o cualquier otra cosa; si evidentemente, daba lo mismo. Si Gerardo la hizo y se la ganó, entonces si la hacía yo, ni les digo.
Pero no lo hice.
No lo hice porque tuve miedo. Porque quería esperar un momento más propicio. Quería que ella me conociera más, estar más seguro de que su reacción iba a ser positiva.

Y este turro se cagó en todo y la hizo de una.
Es que hay dos grupos de hombres. El primero, bastante más reducido, es el grupo de gente como Gerardo.
El segundo, el más común, es el grupo de gente como vos y yo.
Por eso es importante que sepas que no sos el único. La mayoría de los tipos, son como nosotros. Sienten temor ante una posible conquista.
Lo que tenemos que hacer, como primera medida, es dejar de pensar que somos unos giles por tener ese sentimiento ante el sexo opuesto. Es normal que así sea. Lo que debemos hacer es impedir que ese sentimiento nos paralice. Hay que convivir con él sabiendo que es absolutamente normal, que la mayoría de los hombres lo siente y que también lo sienten las mujeres, aunque en su papel pasivo dentro de la conquista, sea mucho más fácil para ellas que sobrellevar.
No estamos solos, ni somos los más boludos del planeta. Somos como la mayoría de la gente.
Es hora de empezar a pensar que no tenemos nada en particular que nos impida ir en busca de conquistar a esa mujer que nos parte el bocho.

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